miércoles, 1 de agosto de 2012

Simiocracia

Queridos lectores, esta entrada y la anterior (Españistán) son sendas revisiones a dos comics de especial trascendencia en el mundillo de la denuncia social. Como excepción las entradas están solo en español, y no en español/inglés, puesto que estos comics sólo tienen relevancia dentro de nuestro país y son bastante incomprensibles fuera de él. Un saludo.
Dear readers, this entry and the previous one (Españistán) are both comic reviews with a specific relevance in the local social claiming. Exceptionally, I wrote both only in spanish, not in spanish/english as usual, because the comments done has an actual meaning in Spain only, and they are virtually unintelligible out of our boundaries. Nice regards.



Vamos a empezar constatando que Simiocracia no es realmente un cómic. Es decir, no es una secuencia de viñetas yuxtapuestas que transmiten una información al lector. En realidad, Simiocracia es más bien un ensayo o quizá un artículo de investigación sobre la actualidad económica española, y más concretamente, situación y causas de la crisis económica. Es más, Simiocracia no necesita los dibujos de muchas de sus páginas, los cuales son meras comparsas del texto, ya sea como refuerzo en el mejor de los casos o como apoyo cómico en la mayoría. O sea, que Simiocracia está muchísimo más basado en el texto que en la imagen, si bien, como todo trabajo artístico... si el autor lo hizo así es porque consideró que era la mejor solución para lo que quería expresar. Y no hay más: yo solo quería avisar de que no es Españistán 2 ni por el forro, sino una obra completamente nueva en su enfoque y resolución artística.

Tampoco sería justo asegurar que Simiocracia no le debe nada a Españistán, pero por seguir con la metáfora de las obras de Tolkien (empezada por el mismo Aleix Saló) yo diría que Españistán es a Simiocracia, lo que "El señor de los anillos" es a "El Silmarillion". Dicho en otras palabras, Simiocracia es un contenido muchísimo más extenso que Españistán, tanto en el tiempo como en lo aspectos de la vida económica analizados,  lo cual proporciona al lector una visión mucho más amplia de la crisis española: cómo se originó, cómo se desarrolló, por qué no saltaron las alarmas, qué sectores se vieron especialmente afectados, qué hicieron los responsables de vigilar la marcha de la economía, etc.

Con una estructura narrativa muy compartimentada, Simiocracia se abre con un preámbulo, pasa a una descripción del problema, acomete un análisis causal, presenta conclusiones y cierra con un epílogo alineado en tiempo y espacio con el preámbulo. Mantiene el estilo, aunque simplificando los trazos al máximo, suprimiendo el color y llevando el simbolismo hasta sus límites, en busca de un lenguaje gráfico muy descarnado y potente que prima el mensaje sobre la estética, en ocasiones de una forma muy cruda. Para ello, no duda un segundo en recurrir a la hipérbole, a la escatología y a la denuncia, a veces exponiendo casos de su vida personal.

Si bien Españistán mostraba un aspecto indignante de nuestra sociedad, al menos se podía leer con una sonrisa. Como ya dije en otro artículo, era una gamberrada. Simiocracia no, Simiocracia descorazona y es justo avisar a los lectores: este no-comic es una obra de concienciación social, no pretende hacer reir a nadie y de hecho supone un salto cuántico con respecto a Españistán. Aunque apenas ha pasado un año entre las publicaciones de ambas obras, Aleix Saló cambia el ingenuo optimismo de la primera por un casi científico desapasionamiento en la segunda, trazando una curva de previsiones de futuro tan desesperanzado que resulta poco usual en alguien que apenas roza los 30 años.

Irónicamente, el hecho de que exista una obra como Simiocracia es la mejor prueba de que el mundo que describe en su interior puede ser mejor, incluso contra el pronóstico dado al final del libro. Saber que por el mundo hay autores como Aleix Saló, serios pero divertidos, jóvenes pero sabios, cultos pero humildes y, sobre todo, llenos de sentido común, es esperanzador para todos los habitantes del planeta de los simios.

Españistán

De aquellos barros estos lodos.... Españistán es una gamberrada. Pero cuidado, es una gamberrada inteligente, hecha desde la información, el análisis crítico, el sentido común y con mucho humor. Aleix Saló no puede negar que es un apasionado de, como mínimo, dos cosas: el Señor de los Anillos y el Manga. Utilizando un grafismo claramente manga, en el que a ratos uno juraría estar viendo a Shin Chan y en el que no faltan los característicos ojos verticales ni la eterna (y tan japonesa) gotita de sudor en la sien, compone una alegoría sobre el desmoronamiento de las esperanzas de cumplir el llamado Estado del Bienestar, al menos en su faceta de derecho a una vivienda. La puesta en escena es relativamente sencilla: primero elabora una metáfora basada en la Tierra Media de Tolkien para separar diversos aspectos de la vida española (proletariado, burocracia, investigación y desarrollo, clero, finanzas) en una serie de aldeas que recorrerá la Compañía del Ajillo, compuesta por Fredo, Samu y Gandolfo (obvia referencia a la Compañía del Anillo, tres de cuyos miembros son Frodo, Sam y Gandalf, en la obra de Tolkien). Con los elementos básicos ya puestos en la coctelera, solo había que añadir un montón de mala leche y agitar. Lo que se sirve en la copa es un cóctel que surge del grito impreso de un autor plenamente identificado con su personaje, un ciudadano medio de alrededor de 25 años, entrampado entre una hipoteca eterna y el desempleo feroz.

Probablemente los dos mayores aciertos de Aleix Saló hayan sido las páginas sin calles (las "calles" son los espacios entre los cuadros de viñeta de un comic más convencional como Tintín o Astérix, por ejemplo) y el simbolismo. Al primero le debe que las páginas respiren muchísimo aire, y menos mal, porque la historia ya es lo bastante agobiante en su contenido como para que también el continente añada su pizca de enclaustramiento. Sin embargo, las viñetas, completamente libres de límites, logran transmitir una sensación de libertarismo muy acorde con el mensaje de la historia. Por otra parte, la clausura entre viñetas se realiza muy suavemente aun sin la ayuda de las calles, sobre todo porque los mordaces textos de los bocadillos no dejan mucho a la imaginación del lector. Más que un ejercicio intelectual, al lector se le pide un ejercicio de identificación.

E identificación es lo que consigue, también acertadamente, con el simbolismo. Los personajes (muy mangas como decíamos antes) huyen del realismo gráfico para imbuirse en el plano simbólico hasta el punto de que la representación humana no se parece en nada a una persona real. Todas las emociones están representadas en base a tres elementos: cejas, boca y dientes (nótese que no dibuja ni una sola nariz y que los ojos son solo dos puntitos). Y no dientes afilados, sino dientes romos, dando a entender que no se muestran con intención de morder, es decir, para mostrar agresividad, sino con intención de expresarse, es decir, para mostrar indignación por las situaciones que los protagonistas viven en su periplo para hallar una vida mejor. No es extraño, por tanto, que un elevadísimo porcentaje de lectores se sienta plenamente identificado con un lenguaje tan universal y a la vez tan elemental como la expresión facial. A lo cual hay que añadir, los que se identifican con el texto, que no serán pocos.

Se trata por tanto de una combinación ganadora: personajes fáciles de identificarse con el lector + historia de rabiosa actualidad y honda preocupación social + grafismo de moda + talento para integrar los anteriores = un bombazo de tomo y lomo. Y sin embargo, hay algo que chirría. El final de la historia de amor entre Fredo y Frida (no lo cuento para no fastidiar a quienes aún no hayan leído esta magnífica historieta) cae, para mi gusto, en una excesiva complacencia. Tengo la fuerte intuición de que se debe a la juventud de Aleix Saló, quien contaba 28 primaveras cuando escribió Españistán; pienso que alguien tan joven, aunque ve el pasado-presente-futuro con una claridad que para sí la quisieran algunos de generaciones anteriores, no quiso darle una vuelta de tuerca definitiva a su ácida crítica social y permitió que sus queridos personajes tuvieran un resquicio por el que escapar al "Pais de la Gominola". Yo le comprendo e incluso creo que habría hecho lo mismo de estar en su lugar, pero la cruda realidad es que no es creíble. Dejémoslo estar como un pequeño rasgo de debilidad que hace al héroe más humano, más cercano.